El espacio no es neutro: reflexiones en torno a vivienda y ciudad desde una perspectiva de género

El espacio no es neutro, el espacio nos condiciona de manera diferente a hombres y mujeres, y ello no sólo se debe a una experiencia corporal, sexuada diferente, pues esta diferencia es acrecentada, o castigada, por los propios  roles de género. La perspectiva de género se refiere a los roles asignados que nos hacen experimentar, percibir los espacios y las ciudades de formas diferentes a las mujeres de los hombres.


La ciudad del siglo XX, – caracterizada por el centro y periferias- , la ciudad moderna y tardomoderna que vivimos y sufrimos hoy, es una ciudad que se extiende, que se derrama sobre el territorio, que está pensada en función de los roles masculinos que entroncan con una valoración exclusiva de la realidad desde el mundo productivo, desechando e infravalorando las necesidades del mundo de la reproducción y de la vida cotidiana. Esta negación del mundo reproductivo en la proyectación y planificación de las ciudades se erige con deficiencias y límites insoslayables para las mujeres. Por ello, la ciudad del siglo XXI, una ciudad que tienda a la igualdad de oportunidades será aquella que ponga en el centro el mundo de la reproducción, el mundo de lo cotidiano y a partir de esto, se piense la ciudad policéntrica, mixta, compleja. Resultará una ciudad pensada para y desde lo cotidiano. Si lo cotidiano no funciona, si la esfera reproductiva no es entendida como una corresponsabilidad, entonces, no funciona absolutamente nada. Sin embargo, se sigue pensando a las ciudades desde la perspectiva masculina, en la que prevalece es el mundo de lo público: lo que se paga, lo que está “afuera”, y no se visibiliza que todo lo que se hace en ese ámbito productivo no existiría sin el soporte y las actividades del mundo reproductivo que recae mayoritariamente en las mujeres. En el mundo productivo participamos hombres y mujeres, no obstante, la carga de la responsabilidad del mundo reproductivo sigue siendo soportada por las mujeres que sienten incrementadas las dificultades en las distancias y los tiempos resultantes de la segregación, fragmentación y dispersión territorial que sufren nuestros pueblos y ciudades.
La situación global ha supuesto nuevas coordenadas de juego, de crecimiento de las desigualdades, que las políticas públicas no han sabido atajar ni acomodar, la presión de la economía global ha cambiado las relaciones de fuerzas y prioridades internas de los países, comunidades y ciudades en detrimento de los sectores más débiles.
Los efectos de la globalización o la economía de libre mercado han actuado negativamente sobre los derechos de las mujeres, sobre el derecho a  la vivienda y a la tierra, sobre el derecho a las ciudades y al territorio. Las actividades humanas se desarrollan acorde a sus tiempos, a los valores, a las tecnologías, a las posibilidades de producción (cultural, económica y tecnológica). Y, entender las sociedades y los espacios en que dichas actividades se desenvuelven, permite leer los valores que las rigen. La globalización como estado económico-productivo, valora y reproduce unas relaciones y unas maneras de entender el mundo en las que prevalece la jerarquía patriarcal, racial y económica.
Una propuesta para la vivienda y la ciudad desde una perspectiva de género, colocaría lo cotidiano y lo reproductivo en el centro, como ejes de transformación, lo que significaría un cambio de paradigmas. El espacio no es neutro y debemos empezar a pensarlo a partir de un conocimiento real de las necesidades y deseos de la población y, especialmente, de las mujeres. Tenemos que dejar de proyectar políticas y soluciones espaciales para habitantes neutros y abstractos, como se ha venido haciendo en las políticas de vivienda y en los proyectos urbanos. Tenemos que analizar, conocer cada realidad para ver como responder de manera flexible y real, hallar soluciones que sirvan a personas reales con maneras de habitar particulares. Por ello, una reflexión imprescindible es la relación ambigua de la vivienda con el mundo productivo, la vivienda ha sido y sigue siendo un espacio de producción, especialmente en los sectores con menores recursos. Por lo tanto, la incorporación de la realidad como dato de proyectos ha de invalidar la solución “ideal” que ha separado por décadas, en las soluciones tecnócratas y administrativas, la esfera reproductiva de la productiva. La vivienda es fuente de recursos económicos y es a través de ellos que se ha de permitir y fomentar la mezcla de usos ya no sólo en un mismo sector urbano, sino en la residencia. De esta manera, se responderá a la complejidad de la vida de las mujeres en las ciudades. Para aquellas mujeres de los grupos más vulnerables, el derecho a la vivienda es el derecho a las relaciones sociales, al cobijo, al trabajo y a la independencia, en definitiva, es la garantía para una vida digna.

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